Un viaje se construye en cinco microrrelatos

Valija en forma de corazón, está llena y vacía de todo. Acomodo colores risueños, manchas tormentosas y vivencias impactantes. El destino lo elijo en una imagen de catálogo falso pero la ciudad me abraza con una realidad que libera.

Instantáneas que se toman con la cámara-ojo y que se guardan en un compartimiento grisáceo de la cabeza. En ese lugar, están las imágenes de lo que creemos recordar de momentos esponjosos que tal vez nunca ocurrieron. Los puentes no vuelan y las calles nunca estarán vacías. Tampoco la ciudad me habló.

Andando por esas veredas desconocidas que aparentan familiaridad, los pies se sienten cansados. Duelen por llevar la carga de las enseñanzas que ganan a cada paso. Me pregunto si en la aduana me revisarán la memoria para ver si trafico recuerdos.

Justo al lado de la soledad, me sorprende la reflexión. La ciudad me parece hostil, pero creo que es mi mirada la que crece un poco más lenta. Los sabores transparentes y los olores solitarios me recuerdan que no soy de acá, pero me esfuerzo por pertenecer efímeramente.

En cada sello del pasaporte, se esconden historias forasteras de otras versiones mías. Nunca volveré a ser una libreta vacía, porque cada vez que me subí a un avión, dejé en tierra a la persona que me habitaba. Desde el cielo, puedo ver cómo algunas cosas brillan.

Diseñadora e ilustradora imperfecta. Pichona de escritora. Soy una mezcla rara de rubros incompatibles.

Diseñadora e ilustradora imperfecta. Pichona de escritora. Soy una mezcla rara de rubros incompatibles.