Photo by Denys Argyriou on Unsplash

Habló fuerte y claro, pero nadie lo escuchó. La última hoja del invierno bailaba ante nuestros ojos. Su voz se marchitó antes de que las palabras se convirtieran en hielo. Sin embargo, el resto de nosotros siguió adelante. Nada cambió alrededor, salvo esa flor que escupió una lágrima impetuosa.

El blanco liberador de los pétalos del jazmín estalló ante mis ojos. Pensé que alguien me hablaba. Era la brisa del revoloteo de un picaflor. Por un segundo, nos miramos y enfrentamos nuestra realidad: yo estaba ahí parada y él en todos lados. Aleteó una vez más y se llevó en el pico el néctar de la soledad.

Si camino más despacio, el tiempo no se adelanta. Por eso disfruto de mis movimientos acompasados. Solo por hoy, intento apurar el paso, pero él me detiene en seco. Avanzo a penas lo que me permite. ¿Cómo ignorarlo si se encarga de regular mi breve lapso de vida? Un perro ladra su verdad y yo creo que vivo más que ese pulgoso. En realidad, los dos caminamos el mismo sendero solo que cada uno en su vereda.

Diseñadora e ilustradora imperfecta. Pichona de escritora. Soy una mezcla rara de rubros incompatibles.

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