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Ella colgó un cuadro en el living. La pintura tenía un agujero negro. Cuando lo miraba fijo, le daba la sensación de que se movía en espiral. O tal vez era que sus ojos se sumergían en la negrura danzante. De algo se alimentaba esa masa. En pequeñas dosis. En silencio. Sin hacerse notar. Ella lo dejó ser. Y fue así como perdió los deseos, también la curiosidad.

El problema fue que nunca se cuestionó qué era lo que atrapaba el agujero.

Empezó con una molestia. Después un corte y más adelante una quebradura. Las heridas se sucedían una tras otra. Su cuerpo apenas soportaba el dolor hostil que lo invadía. ¿Esto es vivir? ¿Qué es la vida?

Consiguió un poco de oro y se lo esparció en cada herida. Las líneas desflecadas ilustraban las batallas que enfrentó. Ganar o perder no fue lo importante. Sobrevivir sí. Es una recompensa que brilla ante el mundo. Su cuerpo y él son una prueba de eso.

Asfixia. Abre la ventana. Ansiedad. Salta en el mismo lugar.

El espacio es el mismo, pero su libertad es otra. Respira hondo. Una, dos. La quinta vez es una bocanada exagerada que desacomoda las hojas de la planta de interior. Hace preguntas, hace respuestas. Recuerda que el pasado siempre fue peor. Su sonrisa baila desaforadamente. El gato la mira fijo y proclama el dogma de estos tiempos: esto es solo una travesía incierta que no va a calmar tus dudas existenciales, pero si va a acomodar algunos de tus sentimientos en un estante de madera paraíso. Después de maullar, el gato se lame la pata.

Diseñadora e ilustradora imperfecta. Pichona de escritora. Soy una mezcla rara de rubros incompatibles.

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