Photo by Kristopher Roller on Unsplash

No era fácil. El último año había sido enmarañado. Los pensamientos, como demonios minúsculos, revoloteaban frente a sus ojos y confundían el camino. Ese día se cruzó con él. El negro azabache del pelaje apuntaba a la mala estrella que la acompañaba en esta travesía. Sin embargo, el gato se sacó el sombrero y la saludo amablemente. Ella quedó paralizada y su celular empezó a sonar. Al escuchar la voz, finalmente mostró una sonrisa.

Derramó una lagrima. Pero era tan brillante y escurridiza que formó un río a sus pies. Ese era su gran poder: exagerarlo todo, destruirlo todo. La inundación se llevó puesta ciudades y mató a miles de personas. Al ver las consecuencias de sus actos, rompió en un verdadero llanto, solo que esta vez fue ella quien se ahogó en el drama.

Contaba los días. A veces incluso las horas. Un día se levantaba y se sentía bien. Al otro no sabía cómo abrir los ojos y salir de sus pesadillas. Se puso una meta: limpiar. Limpiarlo todo. Toda esa basura. Cuando la tierra se recuperó, plantó varias semillas y se sentó a ver crecer sus sentimientos. De ese nuevo jardín, cortó algunas flores. Se arregló y salió a la calle. Llegó a su puerta. Tomó coraje y tocó timbre. Cuando él abrió, ella estiró el brazo, le entregó el ramo y dijo: “gracias por haber sido un hijo de puta”.

Diseñadora e ilustradora imperfecta. Pichona de escritora. Soy una mezcla rara de rubros incompatibles.

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