Corría con furia. El destino nunca estaba claro, pero ella sabía que tenía correr. Nadie le dio instrucciones al respecto, pero alguna vez dijo que los dioses se le aparecieron en un sueño. O tal vez estaba despierta. O mirando televisión. Su ateísmo también le hablaba: “dejá de ser tan boluda”, se escuchó en su cabeza.

Corría con furia, pero no estaba enojada. El enojo se quedó un par de meses atrás esperándola en una esquina con jazmines, sus flores preferidas. Ella le pasó por al lado y le sacó la lengua. Siguió corriendo mientras se reía con los ojos cerrados.

Corrió por unas cuadras sin mirar en las esquinas. Lo importante era correr. Atrás ya no quedaba mucho de lo que alguna vez fue. Cuando sus pensamientos se tornaron pantanosos, un conejo negro se cruzó en su camino. Llevaba un sombrero bombín y una corbata roja. Le hizo señas, pero ella prefirió seguir corriendo. Finalmente, vio que el conejo se metió en un bar y se pidió un café con leche. “Que extraño”, pensó ella, “creí que los conejos solo tomaban licuado de banana”.

Corrió sin piernas unos metros. Sintió que los brazos se le cayeron, también la cara. De pronto se dio cuenta de que no era ella quien corría, sino otra persona igual. Ambas sonrieron y eligieron caminos diferentes. En el aire se sentía olor a primavera mezclado con medialuna de manteca. Ese era el anuncio de llegada al río.

En sus auriculares se repetía el verso de esa canción que le mostraba un sentimiento ruidoso: Just want to spend my time running free…

Diseñadora e ilustradora imperfecta. Pichona de escritora. Soy una mezcla rara de rubros incompatibles.

Diseñadora e ilustradora imperfecta. Pichona de escritora. Soy una mezcla rara de rubros incompatibles.