Él sigue contando las luces que se prenden en el cielo. Ciento cincuenta y uno, ciento cincuenta y dos. De pronto se da cuenta de que la ciento cincuenta y tres es en realidad un avión que se dirige al aeropuerto. Se olvida el número y arranca de nuevo. La estrella naranja treinta y cinco titila al compás de los relámpagos que se ven en el horizonte. De un momento a otro desaparece. Un brillo se apaga en el firmamento. Se queda mirando desilusionado. Se pregunta si alguien llorará la muerte de una estrella. ¿Le harán un funeral?

— Pobrecita…

Pau Ramos

Diseñadora e ilustradora imperfecta. Pichona de escritora. Soy una mezcla rara de rubros incompatibles.

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